La lluvia desbordó canales y ya hay más de dos mil evacuados 28-03-2007
Aferrada a un celular, una mujer lloraba rodeada de chicos descalzos y en pañales y plasmaba la imagen de la angustia. Quería saber qué suerte había corrido su papá, enfermo y de 88 años, y que se había quedado en la casa de Nuevo Alberdi cuando el agua que llegaba de "arriba y de abajo" anegó la vivienda y la obligó a ser una historia más de las que ayer poblaron el Batallón 121. En el lugar, anoche unas 1.400 mujeres y niños de hasta 14 años trataban de encontrarle sentido a ese alojamiento imprevisto, en medio de un trajinar de colchones, baños químicos, corridas de niños y la fuerte mirada de los vigiladores. A ellos se sumaron otros 700 evacuados que fueron derivados al estadio cubierto de Newell's

La segunda jornada de la semana de lluvia anunciada asoló Rosario. En tan sólo dos días cayeron 169 milímetros, lo que provocó canales y arroyos desbordados, anegamientos de calles, rutas invadidas por cauces de agua sin control y barrios completos con viviendas inundadas. En el medio faltó la luz en 1.700 hogares, se taparon bocas de tormenta y no faltaron los vehículos que cayeron en zanjas, cuyo nivel disimulaba el torrente líquido que corría por las calzadas. Casi una decena de escuelas quedó sin dar clases (en ocho de ellas hoy las puertas permanecerán cerradas) y no faltaron las oficinas públicas donde los empleados tuvieron que trabajar con paraguas.

En medio de este panorama, funcionarios provinciales y municipales polemizaron sobre la suerte de las obras hidráulicas que podrían haber evitado las inundaciones.

Las zonas norte y noroeste fueron las más castigadas y las que nutrieron de evacuados los pabellones del Batallón 121 y Newell's. En Nuevo Alberdi y barrio Industrial, amplios sectores amanecieron aislados por el agua. Sobre esa escena casi lacustre, dos canoas de Defensa Civil recorrían ayer los más de 200 metros que separaban las viviendas inundadas de las zonas más altas.

En medio de este panorama todo el esfuerzo parecía escaso, incluso el reparto de bolsas de arena que los vecinos colocaban al frente de sus casas para frenar el embate del agua. Nuevo Alberdi, Industrial, Empalme Graneros, barrio Toba de Travesía y Juan José Paso, Stella Maris, Santa Lucía y el asentamiento de Olivé y Olavarría fueron algunas de las zonas más castigadas. “El agua brota de abajo”, dijo una joven con un bebé en brazos mientras descendía de uno de los colectivos de línea que los había traído desde Nuevo Alberdi hasta el Batallón 121.

En el Batallón. “A los evacuados se los deja higienizar, se les entrega un colchón y se los ubica en un pabellón”, dijo ayer Alfonso Apardo, integrante de Defensa Civil, en una de las galerías del Batallón donde se recibía a los vecinos.

Un centro de evacuados es una expresión en carne viva del grado de vulnerabilidad que tienen las personas de menores recursos. Agrupados por familias, mujeres y niños de hasta 14 años no tienen otra cosa que hacer que exponer su angustia. Los más chicos saltan de un colchón a otro, cuando se cansan se sientan, o arman nuevos grupos de amiguitos para encarar otra corrida por los pabellones. Los adultos trajinan en un reconocimiento forzado del lugar.

Las mujeres acomodan las cosas con las que llegaron. Alisan mantas sobre los colchones y tratan de dormir en medio de un revuelo que asemeja un encuentro a cielo abierto.

Están bajo techo pero no todos tienen la suerte de conseguir una de las tres o cuatro hileras de camas que hay en los pabellones. A la gente de Empalme Graneros les tocó un sector con colchones en el suelo, y que en una de sus esquinas tiene un charco por el agua que se filtra desde el techo. “Llegamos el martes a las dos de la mañana”, cuenta una de las mujeres.

“No sé que vamos a hacer, lo que Dios quiera”, sorprende con la respuesta Jeremías, un nene de 10 años que junto a su hermano Ariel, de 13, y su mamá Rosa, están sentados en la cama. Viven en el barrio Industrial desde hace veinte años y cada vez que llueve mucho se codean con el agua. “Porque no tenemos desagües”, explica la mujer. El mismo reclamo hizo María Olga Aguirre, que esperaba una ambulancia que la llevaría a radio terapia por su cáncer de útero.

“Hace un mes hicimos un piquete de once días en las vías para que limpiaran las bocas de tormenta que la gente llenó de escombros y basuras, pero no pasó nada”, relató Aguirre recordando la inundación que sufrieron un mes atrás. Y dijo que por toda respuesta recibieron un colchón y una promesa: cien pesos. La plata aún no llegó.

Cerca de ella, Valentina González, una abuela curtida por la vida, no puede con la tristeza. “Mi casa tiene barro y agua, no hay zanjas ni cunetas, no hay nada, hace tres días todo está mojado”, explicó. El agua les llegó a todos, y encima el pronóstico anuncia más lluvias.
 
Fuente: La Capital